Pensamientos tranquilizantes

Breathe, breathe in the air

Don’t be afraid to care

Soy respiración.

Inspiro profundamente por el lado izquierdo de la nariz.

Detengo la respiración con los pulmones llenos.

Ignoro el impulso de soltar el aire inmediatamente.

Lo hago sólo cuando así lo decido.

Suelto muy lentamente el aire, de forma controlada, por el lado derecho.

Empujo con el diafragma de abajo hacia arriba

hasta dejar los pulmones como bolsas arrugadas.

Detengo la respiración con los pulmones vacíos

hasta que dedido repetir la operación en el otro sentido.

Puede que la vida sólo se trate

de realizar cada tarea

grande o pequeña

con la misma concentración y esmero

que este ejercicio de respiración.

Ser lo que haces es la única forma de ser.

 

Nigredo

Vivimos una época de podredumbre.

Esto no es bueno ni es malo.

Es natural.

La descomposición es necesaria

para poder volver a componer.

Y el domingo descansó

Imagen

Es media mañana de domingo y estoy sentada en un banco tomando el sol.

Ha sido una semana dura y este pequeño primer avance de la primavera es un bálsamo curativo.

Puede que por lo inusual de esta amabilidad del clima me embarga una sensación de irrealidad,

como si soñara desde otro sito y otro lugar. O mejor, desde un no-sitio y un no-lugar.

Podría ser así, ¿por qué no? Y sin embargo,

me oigo repetirme, para convencerme:

«Estás aquí, ahora.»

«Ahora estás aquí»

palabras (esas perras negras)

como amarres a tierra en mis tobillos,

anclas que me salvan del vértigo del vuelo.

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Una niña de unos dos años pasa correteando delante de mí por la hierba verde brillante.

Reconozco su expresión.

Sólo correr, sol, reir, hierba, brillante.

No hay otro sitio, no hay ayer, no hay mañana.

No hay motivos, no hay consecuencias.

Sólo existe corretear por la hierba verde brillante.

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Miro mi cuaderno, donde he estado anotando tareas para la próxima semana en un intento de controlar el agobio, fijando un momento para cada cosa. Primero una cosa. Luego otra cosa. Todas a la vez es nada, sólo ruido en mi cabeza.

Una arañita se ha encaramado al cuaderno.

Su sombra engrandecida por el sol, se mueve encadenada a ella por las patas.

Bailan juntas una danza caótica sobre la hoja:

encogimientos, movimientos nerviosos de patas, cambios de dirección.

Desgranan su baile sobre los renglones de palabras

hacia arriba, en diagonal, del revés

quizás tejiendo una tela que no veo.

Pienso que su ritual tiene tan poco sentido para mí

como mis trazos sobre el papel para ellas.

Quizás no sean cosas muy diferentes.

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Cierro los ojos y obsevo mi cuerpo, tan maltrecho esta semana.

Veo el agobio, la insatisfacción, la rabia, la impotencia,

todos esos sentimientos-sedimentos que la vida ha dejado en mí,

que no he conseguido procesar por completo.

Y sobre todo, miro con reprobación mi mente ávida,

vomitando pensamientos incontroladamente,

demandando, demandando,

demandando

como un yonki.

Los mando callar a todos.

Basta! Silencio!

Quiero estar a solas conmigo.

Necesito escucharme.

Necesito escuchar lo que de verdad importa.

 

 

¿Te atreves a mirar en la bodega?

» Porque, ciertamente, en los valores estamos, en los valores vivimos. (…) Ningún gesto es neutro. Los mínimos gestos que a lo largo del día condicionan nuestra vida son una poderosa fuente de construcción de valores. (…) La disyuntiva entre recuperar los antiguos valores o reemplazarlos por otros queda sin sentido cuando advertimos no sólo que, de hecho, los hay, sino que vivimos con ellos incluso sin percatarnos. Cuáles sean estos valores podría advertirse simplemente mediante la realización de un sondeo que diera cuenta de a qué dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo real, cotidiano, y cuáles son los motivos por los que lo hacemos. Pues no son valores reales, sino idealidades vacías, aquellos que no llevan implícita una finalidad en la acción cotidiana y en la suma de todas ellas. Cuáles son, pues, los valores activos en cada sociedad hoy en día, ésa es la pregunta a la que habría que contestar.» -Chantal Maillard, Contra el arte y otras imposturas.

MASCARON DE PROA

Existen valores con nombre

que van en el mascarón de proa,

que se cacarean a los cuatro vientos.

Nos han enseñado que esos deben ser nuestros valores,

y así lo creemos nosotros mismos.

Luego están los otros valores,

esos a los que nunca nadie puso nombre,

los que se aprenden por experiencia,

por imitación, por escarmiento.

Son los valores que viven en la bodega del barco,

los que manejan el timón y arrían las velas.

Las mismas personas que nos enseñaron el nombre de los primeros

nos enseñaron a practicar los segundos.

Estamos tan acostumbrados a manejar a nuestro antojo

lo que está para ser dicho, y lo que está para ser hecho,

que no nos percatamos de la jugada.

Quizás has olvidado el momento en que descubriste la diferencia.

Yo lo recuerdo.

Todos los mascarones de proa se parecen, pero

¿te atreves a mirar en la bodega?

Hallazgo

Hoy he hojeado un cuaderno que hace tiempo que no uso y he encontrado este texto que ya ni recordaba haber escrito.  Está escrito de un tirón casi sin correcciones. Lo reproduzco tal cual, con todos sus defectos, porque es así mismo como me ha impactado al leerlo.

Mi nevera huele mal, pero ahora no puedo limpiarla. Estoy enferma. Me faltan fuerzas. Me arrastro a lo largo de los días esperando que llegue el momento de meterme en la cama, aunque sé que tras esa prórroga efímera llegará otro largo desierto a través del cual arrastrarse. Y mi nevera seguirá sucia y maloliente, y volveré a tener arcadas cada vez que la abra para sacar algo.

Mi espíritu me ha abandonado. No consigo respirar plenamente. La conexión con mi espíritu está entrecortada y defectuosa. Tengo baja cobertura de espíritu. Eso significa que sólo soy un trozo de carne a merced de la enfermedad. Un montón de átomos absurdos e indefensos.

Voy a la oficina. Allí sigo siendo un montón de átomos absurdo e indefenso. El tecleo de mi compañero es un crepitar incontinente, como una mansa y paciente llama quemando mi cerebro. Él es inconmensurablemente manso. No me ha hecho nada. No lo considero una mala persona. Y sin embargo sería capaz de estrangularlo con mis propias manos. Desprecio su mansedumbre nauseabunda. Estoy segura de que él asentiría mansamente al estrangulamiento.

Somos esclavos. Todos damos vueltas a la misma rueda, y no podemos hacer otra cosa. Somos nosotros los que nos hemos metido en la rueda y lo peor es que muchos de nosotros se sienten afortunados por ello, aunque también sienten que algo les falta, que algo falla, y no saben definir o identificar qué es.

¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Debería tener sentido? ¿Qué es el sentido? El sentido es sentido respecto al hombre. Es el más antropocéntrico de los conceptos. Nos creemos tan importantes que exigimos la existencia de un sentido para nosotros. Nos creemos tan listos que creemos saberlo todo, nos creemos tan hábiles que creemos controlarlo todo, nos creemos tan importantes que nos creemos en el derecho de ser el centro de referencia de todas las cosas.

Si quieres un sentido ¡fabricatelo tú mismo! No esperes que nadie vaya a darte uno.

Me siento seca. Soy un árbol casi sin raíces. Mis raíces están secas, raquíticas. Intento conectar con mi parte subterránea, pedirle que me nutra, pero no encuentro respuesta. Se han encargado convenientemente de desconectarme de ellas, de mantener una conexión estrangulada sólo suficiente para que yo dé los frutos polvorientos y raquíticos que ellos necesitan de mí.

No debía de estar pasando un buen momento en ninguno de los sentidos cuando escribí esto.  Leerlo me ha hecho darme cuenta de que no me está yendo nada mal con el cultivo de alas. Habrá que seguir adelante!

Ya está aquí, otra vez

Todos los años trato de no pensar en ella hasta que es absolutamente necesario. Sin embargo, suelo sufrir por adelantado desde que los primeros polvorones aparecen en el supermercado. Cuando llega, me arrastro a través de esos días manteniendo la respiración, deseando que terminen. Me refiero, estará claro ya, a la Navidad.

Sé que quejarse de la Navidad y decir que la detestas es un tópico.  Pero sé también que mi aversión no es ninguna pose, y no me gustaría en absoluto contribuir con esta entrada a la montaña de palabras vacías que se generan estos días.

El motivo de escribirla es que quiero que este año sea diferente. Sufrir por sufrir es una estupidez, así que me he propuesto tratar de analizar mi aversión en lugar de dejarme llevar por ella sin regateo.

Al ponerme a ello, he visto que mis motivos para detestar la Navidad son los mismos que esgrime mucha gente: el mundo sigue siendo el mismo, y nostros también, pero por unos días nos vemos obligados a vivir por decreto en un enorme decorado lleno de luces, guirnaldas de plástico y música enlatada, en el que tenemos que fingir ser otros más felices y vivir en otro mundo mejor, donde los buenos deseos son suficientes para acabar con el hambre en el mundo mientras cumplimos religiosamente con el rito del consumo que perpetúa el modelo que genera las desigualdades, la pobreza y las guerras. Esto a nivel de sociedad y a escala más pequeña al nivel doméstico y familiar de cada cual, con las particularidades de cada caso.

No quiero resultar moralista, ni dar lecciones. Yo formo parte de ello como cualquier otra persona. No se trata de eso, sino de obsevar los sentimientos que me produce la Navidad. Y lo que veo es que sentirme rodeada de este pseudo-sentimentalismo chillón y empalagoso  me resulta irritante.

No suelo comentar estas impresiones mías con nadie, porque no me gusta ser aguafiestas para la gente que realmente encuentra un sentido a la Navidad y la disfruta. Y aquí es cuando siento que estoy llegando al auténtico núcleo del asunto: mi problema creo que es que nunca he encontrado sentido a todo esto. Nunca he vivido en la Navidad nada genuino,  ningún significado profundo. Para mí siempre ha sido sólo un enorme decorado de cartón-piedra. Por eso sufro la parafernalia exterior, que no tiene como base ningún tipo de vivencia auténtica interior.

Ha coincidido que durante estas semanas pasadas he leído algo que me ha iluminado bastante sobre todo esto. Se trata de la recopilación de conferencias de Chantal Maillard «Contra el arte y otras imposturas». Entre ellas destaco «Desde la ignorancia-Mística y metafísica» y ésta a la que me refería, «Kitsch y globalización-Las armas del imperio», que, aparte de darme claves sobre el asunto de esta entrada, me parece un testimonio lucidísimo sobre lo que le pasa actualmente a la cultura occidental y ofrece algunas claves para desactivar los mecanismos perversos que la gobiernan.

» Entiendo la cultura de la globalización como una cultura kitsch. Una cultura que lo fagocita todo y lo devuelve empequeñecido, degradado, trivializado. Se adueña de las formas y las devuelve simplificadas, estereotipadas, serializadas. La mentalidad kitsch lo impregna todo: hay espiritualidad kitsch, intelectualismo kitsch, ecologismo kitsch, etcétera. Vivimos inmersos en el artificio, la artificiosa representación de lo que en otras  épocas era genuino. Y esta reduplicación de los objetos lleva aparejada una reduplicación de las emociones: lloramos como se llora en tales situaciones, amamos como se ama en tales otras, tememos lo que se nos dice que es temible. Y la industria de la representación (la cinematográfica en primer lugar) se encarga de crear productos que aseguren la continuidad de dicho estado de cosas. (…) Aprendemos a reir de lo que hay que reirse, a llorar por lo que hay que llorar. Delegamos nuestra capacidad de emocionarnos.

Y de ello parece ser a la vez causa y efecto la atrofia de los sentidos que estamos padeciendo. Hemos perdido, indudablemente, la inmediatez de la percepción. Creemos que la grabación de un sonido de campana es idéntica al sonido de una campana, que la luz de una bombilla eléctrica cumple la misma función que una vela en las iglesias, que un tomate sin sabor que ha sido criado bajo el plástico de un invernadero sigue teniendo las propiedades de un tomate; creemos en las representaciones. Pero ¿acaso estas representaciones transmiten la misma energía?»

» El kitsch es el arma de la economía de consumo. El espíritu kitsch es el de la mediocridad uniformizada (…). Si hacemos individuos kitsch sostenemos el estado de consumo. Se trata pues, de proporcionar satisfacciones materiales y emocionales moderadas que consigan mantener un estado aparentemente satisfecho pero altamente insatisfecho en las capas más profundas del espíritu. La política de consumo necesita individuos ansiosos, permanentemente insatisfechos. El individuo kitsch busca el agrado porque es esencialmente inseguro y dependiente. La elaboración de productos que eleven o mantengan alerta el nivel de conciencia es, por ello, contraproducente.»   -Chantal Maillard, Contra el arte y otras imposturas.

Después de leer esto no puede negarse que la Navidad tal como la he vivido hasta ahora, es una de las mayores manifestaciones kitsch de la cultura occidental.

No sé si todo esto ayuda a neutralizar mi rechazo a la Navidad o me reafirma en ello. Al menos creo que me ayuda a ser más consciente del origen de este sentimiento.

Aunque no creo que nunca lleguen a gustarme los villancicos enlatados, el espumillón de plástico, ni la felicidad postiza, puedo intentar evocar con la imaginación el sentido genuino de estas fiestas, para al menos tener algo a lo que agarrarme. Puedo imaginar…

…la oscuridad,

el frio y el viento

que azota sin tregua

convirtiendo el mundo en un páramo inhóspito.

Los hombres viven recogidos,

latentes

como las semillas bajo la tierra,

incubando planes y proyectos

que serán desplegados

bajo el sol de la primavera.

¿Cómo no reunirse,

darse calor y ánimos?

¿Cómo no celebrar

que cambian las tornas,

que el sol recupera desde hoy

su imperio en el planeta?

 

solsticio de invierno

De frutas y esferas

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La razón perfila sistemas de esferas perfectas.

Esto tiene utilidad para el hombre.

Pero usar sólo la razón implica resbalar sobre la pulida superficie de las esferas.

La utilidad de la razón es limitada

porque no permite lidiar con la infinita diversidad

que se agazapa en el interior,

con la excepción que sin excepción es cada cosa existente.

La razón no es capaz de sumergirse en la pulpa sabrosa,

incontestable.

Ir por el mundo armado solamente con la razón, como emperador con traje nuevo.

Usar ideas e imágenes colectivas, siempre ajenas, implantadas.

¿Cómo encontrar sentido a algo donde no hay nada que venga de tu interior?

¿Cómo no sentir alienación siendo un individuo fabricado en serie?

Recuperar la imaginación después de tantos años en este mundo de aristas de acero es como tratar de hacer revivir un pequeño brote que a duras penas subsiste en un vertedero.

Descubrir la poesía que fluye bajo todas las cosas,

dejar que las imágenes se manifiesten y tejan una túnica propia con la que ir por el mundo.

Dejarse guiar por ellas, permitir que cuenten lo que hay en el interior, aquéllo donde la razón no llega.

No entiendo la necesidad de elegir o defender cuál es mejor:

razón e imaginación se complementan.

La gran sinfonía

PLASMATH
Observar, medir, catalogar, colocar en el esquema.
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Observar.
Lo que no se puede observar,
lo que está fuera del alcance de la percepción humana,
queda fuera del esquema.
Es hipótesis, duda, fantasma.
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Energía es la capacidad de realizar un trabajo.
Si no fuera por el trabajo que realiza
no sabríamos cómo definir la energía.
Si no fuera porque vemos el trabajo que realiza
ignoraríamos su existencia.
Hemos convertido la energía
en algo utilitario.
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Las obras de Ariel Guzik
nos muestran la energía oculta.
La energía que normalmente no percibimos.
La energía no utilitaria.
Sus instrumentos nos permiten darnos cuenta
de que hay mucho fuera del alcance de nuestros sentidos,
de que vivimos rodeados sin saberlo
de las pulsiones, las resonancias, los armónicos
de la gran sinfonía.
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samosir

Recuerdo con nitidez esforzados ejercicios de caligrafía en una sala enorme y oscura.

Mientras me esmeraba en reproducir los trazos iba imaginando la historia secreta de las letras,

su mitología.

La j es una letra rencorosa, que mira hacia atrás

mientras  engorda bajo tierra como un tubérculo.

Estalla áspera y animal desde lo más profundo

de la garganta.

La m es la letra acogedora, maternal,

porque cobija bajo sus arcos

(una m escrita con los arcos invertidos

sólo puede ser una malvada madrastra)

y hace que la boca

se convierta en cálida caverna

Aunque  b y  v suenan igual,

 la b se eleva como el cuello de una botella

y la v permanece apegada el terruño y abierta al sol

como la vid.

La q es una letra pillada en un enfado repentino,

como denota también su seco chasquido;

de espaldas y con los brazos cruzados

espera una disculpa para su agravio.

La l es un espíritu exaltado

que se eleva ligero y leve,

como la lengua, que roza etérea,

el cielo del paladar,

para rápidamente caer.

La t también se eleva orgullosa

pero en su caso avanza adelante

oteando el horizonte

desde el puesto de vigía.

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La lengua es imagen.

La imagen cristaliza en la lengua.

Es por eso que la razón nada puede con el idioma.

Está fuera de su dominio.

De nada sirve enfrentarse a él con afán conquistador.

El único camino es abandonarse a su seducción.

El idioma es pura alma.

No puede ser reducido a esquemas y tablas.

Como en una amistad

hay que recorrer los caminos mil veces recorridos,

encontrar los rincones oscuros,

aceptar sin asombro ni juicio

los giros inesperados,

las contradicciones.

Exponerse para que su esencia vaya empapando

lentamente,

lluvia tras lluvia,

tras lluvia.

 

Doctor, me duele el yo

OMBLIGO_YO

Esta es la frase que más oyen en las consultas los médicos en los últimos años. Según los expertos, se trata de una enfermedad llamada yoitis mórbida que está afectando cada vez a más personas.

Se trata de un crecimiento incontrolado del yo.  El tumor resultante bloquea la comunicación del individuo tanto con las corrientes freáticas del alma, como con las corrientes etéreas espirituales. En los casos más graves el bloqueo es total y el individuo  vive como un holograma proyectado hacia el exterior, sin ningún tipo de profundidad interior sobre la que sustentarse.

Las fuentes consultadas apuntan a que la yoitis se ve agravada por otro de los males aparecidos en los últimos tiempos, el materialismo, que hace que el tumor adquiera una consistencia pétrea y casi indestructible. Los investigadores aún no se ponen de acuerdo en si uno es causa o efecto del otro, y hay voces que apuntan a que podrían ser dos aspectos de un mismo problema.

Estos desajustes producen síntomas como narcisismo, problemas emocionales de todo tipo debidos al bloqueo de las surgencias sentimentales, y ausencia de empatía hacia cualquier elemento externo a sí mismo, incluidos otros seres humanos.

Los expertos indican que no existe actualmente ningún remedio quirúrgico o  farmacológico para la yoitis. Las empresas farmacéuticas están invirtiendo sumas millonarias en la búsqueda de un fármaco o vacuna que ayude a combatir esta enfermedad, pero por el momento no se están obteniendo resultados.  A día de hoy se explica a los pacientes que el tumor  sólo puede disolverse lentamente en un proceso erosivo que requiere dedicación y persistencia por parte del paciente. Recomiendan como ejercicios orientativos la reflexión sobre las consecuencias de sus actos cotidianos, anotación de los sueños, la búsqueda, reconocimiento y análisis de sus propios sentimientos y pensamientos,  esforzarse por imaginar los sentimientos de otras personas, y la meditación sobre la armonía que se esconde en el aparente desorden de la naturaleza.

Debido a la dificultad del tratamiento el asunto está adquiriendo tales dimensiones que algunos sociólogos hablan ya de pandemia. El mal se encontraría tan extendido que no afectaría solamente a algunos individuos, sino que podría ser aplicable a la raza humana en su globalidad. Los que mantienen dicha afirmación indican la aparición en la sociedad humana de una conciencia de su propia existencia y diferencia respecto a otras especies (en términos sociológicos, el «nosotros» ), que ha dado lugar a un sentimiento de superioridad que a su vez ha generado un sistema de valores y funcionamiento paralelo y ajeno al orden armónico natural en el que el ser humano se encontraba integrado originalmente.

Los grupos ecologistas reivindican esta idea, que explicaría la apropiación ilegítma y el expolio de recursos naturales con el objetivo de conseguir dinero y poder, elementos clave en el sistema paralelo humano.

Paradójicamente, algunos de ellos llegan a hacer declaraciones claramente sintomáticas de yoitis, afirmando que este mal puede suponer el final del planeta: es decir, identifican el final de la humanidad con el final del planeta, cuando se estima que si las consecuencias de esta enfermedad fueran tan graves en el entorno como para producir la destrucción de la humanidad, el planeta sería capaz de recuperarse en tan sólo unos miles de años.